Siempre explico que la vida tiene un Plan Perfecto, aunque no se ajuste a nuestra agenda o nos venga bien ahora.
Pero esa fuerza mayor que nos empuja tirándonos al suelo o nos impulsa con aliento comparten la voluntad de hacernos crecer y transformar aquello que hasta el momento no podíamos o queríamos atender.
Y, apartando el Ego que nos inunda de miedos en respuesta a nuestras heridas, el Alma sabe que estará bien. Que era el momento y hay que entregarse a él.
Requiere de humildad, amor propio y madurez emocional para dejarse ir y soltar sin cuestionarse. Dejar el espacio disponible para vivir con totalidad, integridad, respeto y dignidad el proceso que acaba de empezar. Agradecer todo lo que eres, los apoyos incondicionales y las oportunidades para resaltar las virtudes que aparecen.
Es responsabilizarse de uno mismo, para vivir en libertad.
Es una vuelta a casa, al centro.
Instantes para renovar los parterres, sacar las malas hierbas desde las raices, removiendo la tierra para airearla, ensuciándote los pies y las manos, agachada y sin prisa. Apartando las piedras y vigilando no matar a los insectos que se encargan de sostener el lugar.
Dejar que la lluvia nutra la tierra y luego, con ternura, plantar de nuevo.
Sabiendo que las malas hierbas volverán a crecer, quizás aparezcan los gatos a estropear las flores o que pasada la temporada habrá que repetir todo el proceso de nuevo. Y que, para que las flores se mantengan bonitas, habrá que observarlas de cerca, regarlas en su justa medida sin ahogarlas, abonarlas y protegerlas. Y cuando llegue el pulgón o cualquier otra plaga, estarás atenta a ellas y harás todo lo posible para que sanen. Al fin y al cabo son tus flores, son parte de tu hogar.
Os veo en clase.
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